De otra historia de amor…. Con olor a flores… (Los ángulos del amor)
Los ángulos del amor
Tenía un sabor en la boca a vainilla y mandarina. Eso es lo que recuerdo de ella ahora, mientras estoy tumbado en la cama y miro al techo. Es domingo, todavía no ha amanecido. Las persianas bajadas, la puerta de la habitación medio abierta. Su lado de la cama está aún caliente y lleno de arrugas. Paso mi mano por su ausencia. No esperaba esto, no esperaba que se fuera tan rápido. A mí me gustaba, pero qué importancia tiene ya eso.Oigo un chorro de agua caer, parece venir del otro extremo de la casa. Quizá lo dejé ayer abierto. Con los párpados hinchados, miro hacia el pasillo. Cuando sale del baño sólo lleva puesta una camisa de hombre que le roza los muslos. Sonrío al verla. Es Leila y está todavía en mi casa.
El pelo le baña los hombros y sus puntas rebeldes parecen besar el borde de su boca. Estamos a finales de otoño, el aire del crepúsculo es frío. Leila lleva puesta una gorra de pana marrón y unos jeans azules. Sonríe mientras huele el azahar y el rosmarino. Pasa las yemas de sus manos por los pétalos de las orquídeas. Camina de un lado a otro de la terraza con elegancia, con calma, como si ensayara algún paso de baile. La observo desde la ventana de la cocina. Estoy sentado en el mármol esperando que la cafetera hierva.
No soy muy aficionado a las flores. Pero no me queda más remedio que serlo. En la editorial me encargaron artículos para una revista de gente sana. Es para la sección de sensualidad y erotismo. Y esta semana tengo que escribir sobre las flores del amor. La crónica la hago yo, pero la firma un gurú de la autoayuda. Probablemente está muy ocupado sanando y necesita alguien que escriba por él. Y en la editorial, como mis novelas no me dan para vivir, me encargan estás cosas. Desde hace varios meses que vivo rodeado de sándalo, lavanda, menta y salvia. Y también de flores como el jazmín, la amapola, gladiolos, madreselvas y narcisos. No sé si tendrán algo que ver con la sensualidad, a mí me lo parece, aunque bueno, escriba lo que escriba, el lector, como buen fan del gurú, se lo creerá.
El café está listo. Pongo las dos tazas en platos, junto a la cucharilla de Leila, dejo una violeta. Ayer compré varios ramitos para mi colección de aromas. Cuando salgo a la terraza, está mirando el azul eléctrico del cielo. Sus ojos son de un marrón tenue, clarito, como dos gotas de miel. Me acerco a ella, le paso la violeta por sus pómulos marcados. El viento de domingo le mece las puntas de la melena rubia, está vez sí que le besan la comisura. Le extiendo la mano y en la palma le pongo la flor. Inclina la cabeza y la huele.
-Huele a noche. A nuestra noche -dice.
Estamos con las bocas casi pegadas. A escasos milímetros uno de otro. Ella entreabre los labios y veo su lengua. Sabe a su perfume. A vainilla y mandarina. Nos miramos. Nuestras bocas se tocan, se sienten, se comparten. Disfrutan una de la otra. El aroma de las flores nos envuelve.
-No te has ido -le digo mientras saboreo su boca.
-Lo haré cuando la violeta pierda su olor. Será pronto, porque está a punto de amanecer. El amor es como un aroma. Corto e intenso.
Una luz anaranjada se desliza sobre nuestros cuerpos. Calienta nuestra piel a pesar del escalofrío que he sentido al escuchar a Leila. Tengo las tazas de café todavía en la mano. Las sujeto con la derecha. Le quito la gorra y le paso mi palma izquierda por el pelo. Está húmedo y huele a mi champú. Su aliento ya forma parte de mi aliento. Es nuestro aire, nuestra intimidad. Es lo mejor que me podía regalar Leila antes de irse, su aire. Y yo lo absorbo, lo siento, lo bebo. Como si fuera la última vez.Tengo su vida en mi boca. En este beso. Tan intenso como el perfume de todas las flores que nos rodean. Mientras nos besamos me pregunta si me gusta la jardinería. Le digo que no, que nunca había tenido flores, que es por un artículo para una revista; las compré para escribir sobre olores sensuales para los enamorados y no sé si habré acertado. Ella coge la violeta, la pone entre nosotros y respiramos a la vez. El aroma es muy débil, algo lejano, casi sin consistencia. Pero sentir el roce de su nariz hace que sea algo embriagador. Acabo de descubrir cómo una flor insignificante despierta la mayor de las pasiones. Ya no huelo la violeta sino a ella.
Estoy en la puerta de casa. La violeta está en el centro de mi mano abierta. Leila camina calle abajo. Sola. Tengo ganas de llamarla, de decirle que vuelva y que se quede una noche más. Pero es mejor estarse quieto. Las cosas no se fuerzan. Ella se ha ido y yo no puedo impedírselo. Hay muchas formas de vivir el amor. De entenderlo. Y el nuestro fue un amor de violetas. Me hubiera gustado que fuera tan largo como la vida de un magnolio, pero ya se sabe, estas cosas no se eligen. Se viven y se aceptan.
En la cocina siguen los ramitos de violetas. Acerco mi cara a ellos. No siento nada. Salgo a la terraza. Tampoco huele a nada. No es posible. No es posible que nuestras sensaciones estén tan condicionadas a nuestro estado de ánimo. Hace una hora aquí el olor era intensísimo y ahora, parece que todo a mi alrededor esté marchito. Hundo otra vez mi nariz en las flores moradas, pero esta vez imagino a Leila y absorbo su aire, su vida. Y su recuerdo me deja un sabor en la boca a vainilla y mandarina.
Un mes después lo único que puedo decir es que el artículo fue un éxito. Hasta me ha llamado el gurú para felicitarme. Cientos de lectores le han enviado cartas en agradecimiento sobre la historia que les ha contado. Muchos se sienten identificados, otros la pondrán en práctica. Pero todo no pueden ser buenas noticias. Hace un mes que no sé nada de Leila. Supongo que hay que aceptar las cosas como vienen. Dijo que el amor duraba lo que dura un aroma, y así fue. Poco puedo hacer ante eso. Durante este mes, todos los sábados he vuelto al mismo pub. Me sé de memoria sus luces y sombras. Sus canciones y sus silencios. La puerta se cierra y se abre toda la noche, pero ella no entra a tomar un drymartini conmigo. Al final tendré que admitir que no volveré a verla nunca más. Sí, sería lo más lógico. Ojalá pudiera hacerlo, ojalá pudiera mandar sobre mis sentimientos, domarlos, decirles que pasen página y piensen en otra cosa. Sin embargo, no somos nosotros los que dejamos una historia de amor, es la historia la que tiene que dejarnos. Y conseguirlo no es fácil. El problema viene cuando uno no quiere olvidar. Nos resistimos al cambio. Preferimos vivir con las ventanas cerradas a la esperanza. Yo todavía conservo la violeta, ya mustia, seca, que no hace más que recordarme a Leila y lo poco que duran las cosas bonitas. ¿Por qué la conservo? Quiero pensar que volverá, que volveremos a encontrarnos y que no sólo tendremos una noche, serán muchas más. Pero esto es sólo lo que yo quiero.
Hice bien en escribir lo que viví con Leila aquella noche. Me vacié. Fue catártico. La literatura también tiene sus fines terapéuticos. Si no puedes vivir lo que quieres, tienes la posibilidad de inventarlo. La mayoría de las veces nos quedamos sólo con el
final de las historias de amor, nos enquistamos en la tristeza del desencanto y nos obcecamos en la búsqueda del por qué. En cambio, hay que valorar lo sucedido antes de la despedida: el encuentro, los besos, las caricias, la intimidad creada. Eso es lo que intenté escribir en esta historia y tal vez lo haya conseguido.
Mientras escribo un nuevo artículo-encargo sobre la sensualidad que produce caminar bajo la lluvia, recibo un correo electrónico. No conozco el remitente y en el título pone: ¿A qué huelen? Lo abro y en la ventana aparecen unas violetas. Debajo de ellas dice: Acércate a la pantalla, ¿no te parece que huelen a muchas más noches de vainilla y mandarina? Tal vez me equivoqué y el amor sea algo más que un aroma.
LeilaCuento escrito por Sergio Llorens
En éste mes hay otro cuento de Llorens =) Y en éste otro mes el mas encantador con sabor a frutas =)
Etiquetas: Amigos, Literatura












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8 Comments:
wow... devoré tu post y estuvo riquísimo. Gracias :)
Siempre sirve exquisitamente sus cuentos... yo me los devoro una y otra vez¡ sigue con los otros, no te los pierdas...
:D
Consuelo,
Gracias por colgar de nuevo mis historias. Creo que lo mejor de este cuento es el post que lo introduce. Verdaderamente conmovedor. Como el amor. Ese amor que muerde, que besa y que lame nuestros corazones de azucar. Ya verás como el dolor cesa. Todo es cuestión de tiempo. Porque el corazón herido siempre se cura, y su medicina, curiosamente, es el mismo amor que llega arropado en otra forma humana. El amor nunca nos deja; las personas sí.
Mil besos desde valencia, españa.
Definitivamente es una belleza de cuento querida Consue! Gracias por compartirlo. Me hizo evocar situaciones vividas, olores, sabores, amores (como dice el juglar Ruben Blades, amores que me han querido, y rostros que niegan verme).
Que bonito es saber que a través del tiempo, el amor sigue inspirando historias tan bonitas como ésta, y otras tantas...un beso bella!
Hoooola Sergio y sigues dandome buenas letras esperanzadoras... Pensemos entonces que el amor nunca pasa, nunca cesa. Que somos nosotros los protagonistas los que fallamos en la historia, o no? Decidi no pensar de a mucho y ocupar mi mente...asi que mejor me alegro de verte pasar por aqui. Gracias a ti por enviarme esto, no imaginas el placer que me causa leerlos aqui en éste blog¡ Un abrazo cariñoso te envio y sabes que? ...decidi sembrar algunas flores en el patio de mi casa :D
Oswaldo: mejor aun, es que historias como estas nos permiten evocar situaciones vividas, olores, sabores y amores...eso tambien es valido y especialmente alentador. Que nuestros recuerdos sean testigo fiel de nuestras vivencias en torno al amor. Un beso mi amigo¡
oye, buena historia... que aun siendo aventura, me invita a envidiarla así... eso es para que reflexionemos de lo bueno que resulta la literatura para los males del alma...jejeje
Muchos saludos :)
Es de muy buena fortuna que Sergio Llorens te de la poosibilidad de colgar un cuento. Un día lo leí en la "Revista Almiar" y me gustó su letra.
Sus relato fino y siempre refrescante. Felicidades a Sergio, y un gran agradecimiento de los lectores del Arte Caffé de Consuelo, que es tan maravilloso como ella.
Gaby historias, historias de la que todos hemos coleccionado. Un beso gracias por pasar..
Franco claro que es de muy pero muy buena fortuna, pero mas aùn el tener amigos como tu que han tenido la gentileza de enviarme buenas letras. O acaso olvidas que Gracias a ti lo he conocido? Humm yo no. Maravilloso tu¡ Sabes que te quiero un monton. Un beso¡
No me abandones tontico :)
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